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domingo, 1 de febrero de 2009

"Enterras las cadenas..." (VI)


La tercera parte del libro de Hochschild se titula “Una nación entera que grita con una sola voz” y en ella narra el modo en que el sentimiento abolicionista se infiltró por Gran Bretaña en casi todas las capas de la población, presionando a un parlamento que, sin embargo, logró hacerle frente con éxito, gracias en parte al miedo despertado por los excesos de la Revolución Francesa. Esta, en efecto, actuó como revulsivo, justo lo contrario de lo que en un principio habían estimado los abolicionistas. No olvidemos que uno de los argumentos contrarios a la eliminación de la trata fue el de que, al abandonar Gran Bretaña tan lucrativo comercio, Francia se haría cargo del mismo (a lo que el juicioso Wilberforce había ya respondido: “…quienes argumentan de este modo, podrían aducir igualmente que debemos robar, asesinar y cometer aquellos crímenes que, si nosotros no lo hiciéramos, cometería cualquier otro”). Al estallar la Revolución, sin embargo, todos pensaron que Francia se adelantaría a la hora de promover la abolición y, por tanto, que el argumento de Wilberforce no tendría que volver a ser esgrimido ante quienes de un modo tan obstinado se negaban a tomarlo en consideración.

Por lo pronto en el verano de 1789 Clarkson llega a París, donde los abolicionistas franceses le ofrecen una calurosa bienvenida. Dos semanas más tarde se aprueba solemnemente la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Clarkson informa a Londres: “No me sorprendería que los franceses se hicieran a sí mismos el honor de eliminar por votación en una noche ese comercio diabólico”. Contacta con Lafayette y con el mulato Vincent Ogé. Mirabeau solicita su consejo. A pesar de tan prometedores comienzos, y tras una estancia de seis meses, Clarkson descubre una amarga verdad: que los Derechos del Hombre, “de los que tanto se ufanaba Francia, seguían siendo solo para los hombres blancos. El primer paso contra el tráfico de esclavos tendría que darse en Inglaterra”. Al otro lado del Canal, sin embargo, los enemigos de la abolición se habían organizado en lo que Hochschild llama “el grupo de presión más poderoso de la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII”. Sus principales adalides fueron hombres como Benastre Tarleton o el duque de Clarence (futuro Guillermo IV). La sesión parlamentaria de 1791 vuelve a cerrarse con un triunfo de los esclavistas, pese a lo endeble de los argumentos utilizados; un ejemplo: ante el gusto de los esclavos por adornarse, se apeló a “cualquier caballero para que se le dijera si era propio de personas desdichadas aficionarse a llevar galas”.

Sin embargo, lo que unos parlamentarios comprometidos con el interés de los hacendados se negaron a considerar fue reclamado masivamente por quienes no compartían ese interés. Como señala Hochschild: “En un momento en que solo una pequeña parte de la población podía votar, los ciudadanos se arrogaron la facultad de actuar ante la inactividad del Parlamento”. Estalla así el boicot del azúcar. Si no el primer boicot de la Historia, fue sin duda el primero en extenderse de aquel modo: se calcula que más de medio millón de británicos dejaron de consumirla. Las mujeres fueron sus más esforzadas defensoras (ante las quejas de algunos maridos), aunque no las únicas: “Un clérigo llevaba siempre una porción de azúcar indio para no tener que utilizar el de producción esclavista si sus parroquianos le invitaban a un té”. Los anuncios de azúcar indicaban si dicho producto estaba producido por “personas libres”. No olvidemos que en el siglo XVIII el azúcar constituía el primer artículo de importación.

Dado el entusiasmo predominante, la sesión parlamentaria de 1792 se presentaba llena de esperanzas. El boicot al azúcar se hallaba en todo su apogeo. Wordsworth escribió que el fervor abolicionista de ese año representaba “a una nación entera que grita con una sola voz”. Las comisiones abolicionistas se multiplicaban por doquier. Lluvias de peticiones caían sobre Londres. Sin embargo, estalla en ese momento la sublevación de Santo Domingo. “Todo el mundo está aterrorizado”, escribe Wilberforce “se me presiona de todas partes para que aplace mi moción hasta el próximo año”. No hay duda de que el eco de estos sangrientos sucesos debilitó la causa. El grupo antiabolicionista aprovechó esta circunstancia para arreciar en su dura campaña mediática. Se imprimieron ocho mil ejemplares de un panfleto que describía a las familias de esclavos como muy felices, todas con “una acogedora casita y un huerto y muchos cerdos y aves de corral”; la muerte en los barcos se fijó en un “desdeñable” 4,5 %; se elogiaron las virtudes nutritivas del azúcar. Por su parte, Clarkson, Sharp y otros presionaron a los parlamentarios. Todo fue inútil. A pesar de la intervención del Primer Ministro Pitt, se introdujo una enmienda a la moción de Wilberforce que incluía la palabra “gradualmente”, lo que en la práctica era una remisión ad kalendas graecas. Además comenzó a identificarse el trabajo de la guillotina al otro lado del Canal (“Las calles de París están sembradas de cadáveres de las víctimas mutiladas […] INGLESES, leed esto atentamente y rogad con fervor para que vuestra feliz Constitución no llegue a ser nunca ultrajada por la despótica tiranía del igualitarismo”, escribía el Times) con el carácter “salvaje” de los negros en Santo Domingo, y todo ello con las proclamas de la lucha antiesclavista esgrimidas por querubines como Wilberforce (a quienes algunos confundidos esclavos jamaicanos se referían como al “rey Wilberforce”, y por quien brindaban utilizando a modo de copa un cráneo de gato). No hay duda de que llegaban tiempos duros para el abolicionismo.

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