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martes, 16 de junio de 2009

La verdad oculta


El libro de Philip Gourevitch, publicado en España por Ed. Debate en 2009 (aunque escrito entre 1995 y 1998) arrastra un título intolerablemente largo y expresivo: Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familia, título que –luego nos enteramos– no es sino el fragmento de una carta que el 15 de abril de 1994 dirigieron en Mugonero siete pastores de la iglesia adventista de esa localidad a su superior, y en la que solicitaban ayuda para ellos y su grey. No hubo resultado, y al día siguiente murieron más de 2.000 personas en Mugonero, incluidos los siete pastores firmantes y sus familias. El superior, el pastor Elizaphan Ntakirutimana, y su hijo Gerard, director del hospital, no murieron, sino que organizaron y presidieron la carnicería. Los dos, por supuesto, se hallaban próximos al Poder Hutu.

El libro de Gourevitch es uno de esos libros del que los publicistas dirían que “no te deja indiferente”. Y no sólo por los espeluznantes sucesos que en él se narran. A este respecto, el autor trata de resistirse a la máxima periodística “la sangre vende” y, aunque no elude la descripción de sucesos truculentos, intenta que tales brutalidades no aparezcan siempre en un morboso primer plano. La no-indiferencia que produce el libro de Gourevitch se debe, pues, más que a la sangre, a la magnitud del reto que se plantea el autor, y cuyo desarrollo vemos desplegarse a lo largo del libro. Lo que Gourevitch pretende es, nada más y nada menos, que pensar lo impensable, es decir, comprender el genocidio. No contento con ver desde lejos (y por cámara interpuesta) las imágenes del volcán, Gourevitch decide viajar hasta el volcán mismo. Su propósito es, repetimos, descubrir la verdad. La verdad en sentido enfático. No contentarse con recurrir una vez más al cómodo expediente de “las típicas luchas tribales africanas”, sino ahondar en la historia de lo sucedido y en el quebrado testimonio de los supervivientes.

Ahora bien, buscar la verdad en este contexto no resulta tarea fácil. Dos dificultades principales se presentan a quien lo intenta:

1.- Que las razones –siempre generales– oculten o enmascaren el horror de lo particular. Sucede que, en la medida en que tendemos a comprender las razones de ese brote de mal absoluto que fue el genocidio ruandés de 1994, poco a poco dejamos de verlo. Las razones generales nos acercan a lo malo pero, al mismo tiempo, nos alejan: hacen que lo consideremos como algo natural, es decir, ni bueno ni malo. Necesario. Conocer es despojar a lo particular de su carácter distintivo para subsumirlo en un tipo abstracto. Pero con ello perdemos gran parte de lo que intentamos comprender. Parece, pues, como si ese mal que fue el genocidio sólo se mantuviera delante de nosotros en la medida en que decidimos ignorarlo; si nos acercamos para conocerlo, se disuelve en un conjunto de explicaciones que no hacen justicia a lo que en verdad sucedió. Es ese componente “inexplicable” lo que Gourevitch, de modo paradójico, intenta explicar. Aunque, como reconoce en la p. 188, “no hay nada que explique esto”. Señala el autor hasta 18 posibles factores explicativos que van desde lo más lejano (desigualdades de la época colonial, el mito camítico y la polarización radical bajo el dominio belga) hasta lo más próximo (las matanzas de 1959, la negativa de Habyarimana a que regresaran los refugiados tutsis, el extremismo del Poder Hutu, el adiestramiento para las masacres, la indiferencia del mundo exterior) para concluir lo siguiente: “Combinen estos ingredientes y tendrán una receta tan excelente para una cultura de genocidio que es fácil decir que simplemente estaba esperando para ocurrir. Pero el aniquilamiento fue completamente gratuito”.

2.- Que las razones –siempre simples– oculten o enmascaren la complejidad de lo sucedido. Para los filósofos resulta muy fácil determinar que la verdad de “ese cuervo es negro” se determina verificando si, en realidad, ese cuervo es o no es negro. Pero, ¿qué decir de acontecimientos como el genocidio de Ruanda? Millones de personas intervinieron en él, bien como víctimas o como verdugos. Cada uno mantuvo en él un grado mayor o menor de implicación. Todos se movieron por motivos diferentes. En su toma de postura se vieron más o menos compelidos por la fuerza de las circunstancias. En esos millones de decisiones no existe, por lo tanto, ningún patrón común. ¡Sería tan fácil concluir que todos fueron igualmente responsables de lo sucedido! Sin embargo, como señala Gourevitch, “abrazar la idea de que la guerra civil era una contienda general en la que todo el mundo estaba al mismo tiempo igualmente legitimado o carente de legitimación es aliarse con la ideología del Poder Hutu del genocidio como acto de defensa propia” (p. 191). Para el autor no puede diluirse la responsabilidad en una hobessiana “guerra de todos contra todos”. Hay que fijarla. Nada de hablar de violencia “endémica o epidémica” en la que “los muertos anónimos y sus anónimos asesinos se convierten en su propio contexto” y “el horror” se transforma así “en algo absurdo” (p. 195).

Gourevitch viaja. Habla con víctimas que han sobrevivido al genocidio, así como con sus frustrados verdugos. Entrevista a políticos y militares. No espera “capturar” la verdad, pero sí “ponerse en posición” de que la verdad –de algún modo– le dé alcance. Sabe Gourevitch que quien busca la verdad con un concepto prefijado de ella nunca la encontrará: se encontrará a sí mismo y a sus prejuicios (o, como dijimos en el anterior post, con su “ideología”). El libro de Gourevitch es, pues, además de un reportaje de investigación, un ensayo de epistemología. Lo que reclama es que la verdad existe, aunque en casos como éste sea casi imposible permanecer todo el tiempo a su altura. La verdad o la falsedad no son –como postulan ciertas corrientes postmodernistas– meras interpretaciones. La verdad está ahí, el mal también. Como señala el autor: “Mientras los debates académicos sobre la posibilidad de que exista una verdad o falsedad objetivas se sofistican a menudo hasta el punto de llegar al absurdo, Ruanda demostraba que esa cuestión es una cuestión de vida o muerte” (p. 270). Estoy seguro de que quienes sufrieron el furor de los machetes estarían de acuerdo con estas palabras.

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