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viernes, 3 de abril de 2009

Fuga de cerebros (I)


Esta cuestión –la de la fuga de cerebros o “brain drain”– aparece tratada en los dos últimos libros aquí comentados, si bien en cada uno de ellos recibe un enfoque diferente.

Para Theroux constituye, sin más, un motivo de “cabreo”. Su actitud –expresada de un modo recurrente y en un tono cada vez más encendido a medida que avanzan las páginas del libro– podría resumirse así: “Pero ¿serán unos sinvergüenzas y unos aprovechados estos tíos? ¡Venga a pedirnos que les saquemos las castañas del fuego y, cuando llega el momento de arrimar ellos el hombro, van y se largan al extranjero a vivir la buena vida! ¿Y tienes la caradura de pedirme que venga mi hijo a enseñar a esta escuela de mala muerte cuando el tuyo se está forrando en una lujosa consulta de Londres? ¡Anda y que te den! ¡Serás capullo…!”.

Creo que Theroux confunde dos experiencias vitales radicalmente distintas. Por un lado, la suya propia: cuando –en plena juventud y lleno de un idealismo tan pujante como un brote de acné– llega a Malawi como miembro del “Cuerpo de Paz”. La idea es la de ayudar durante una temporadita a los más desfavorecidos, acumular una experiencia valiosa desde un punto de vista tanto humano como literario, almacenarla, metabolizarla y utilizarla como si fuera una especie de tejido conjuntivo con el que ir construyendo la propia biografía. Es cierto que las condiciones allí no son buenas (ese calor, esos mosquitos), pero como “experiencia” hasta las vivencias más desagradables resultan de enorme utilidad. Comparemos esta situación con la del médico malawiano enfrentado a la perspectiva de un futuro siempre igual: un sueldo misérrimo (y eso los meses en que cobra), escasísimos medios materiales a su alcance, exigua consideración social, y una clínica que poco a poco se le va cayendo a pedazos. ¿Nos sorprendería mucho si ese médico deseara ejercer en el extranjero? A mí no, aunque a Theroux parece que sí. ¿Qué haría el propio Theroux si lo que vive como una “enriquecedora experiencia” se transformara en un “destino irrevocable”?

Con un tono menos estridente, Stephen Smith aborda al profesional africano cuando ya se encuentra fuera, estudiando por ejemplo una radiografía en su lujosa-consulta-londinense. Observémoslo más de cerca. Se ha marchado de su país porque su situación era allí insostenible pero, al llegar al extranjero, no puede dejar de percibir a su alrededor una atmósfera de suave y sutil xenofobia. No se trata de un racismo abierto, no, sino de un sentimiento mucho más difuso que se enmascara tras pequeños gestos: ese escalofrío del paciente cuando lo toca con sus dedos negros, esa mirada “positivamente comprensiva” del colega durante las “VI Jornadas de Cardiología Clinica”, esa risita de conejo del tendero cuando le tiende las zanahorias… Estos pequeños gestos, reiterados día tras día, van ensombreciendo su ánimo, al tiempo que le causan un malestar que se suma al que ya le produce su mala conciencia por haber abandonado a los suyos allá en el lejano Malawi (el esporádico envío de remesas no alivia demasiado).

Entonces, según Smith, acude en su rescate el séptimo de caballería, es decir, de nuevo la negrología. Con ayuda de este ideario el joven médico obtiene un doble triunfo. Por un lado, encuentra la coartada perfecta para justificar su “fuga”: y es que los blancos han esquilmado durante años las riquezas de su país, el mercado laboral se encuentra fuertemente sesgado por efecto de la globalización, no le ha quedado otra salida que hacer las maletas y emigrar a Europa. Por otro lado, frente a la enrarecida atmósfera de blanda xenofobia que impregna su país de acogida, la negrología restañe sus sentimientos heridos mediante una vigorosa apelación a la verdadera “esencia africana”, a sus virtudes imperecederas, al orgullo de ser negro.

Lo que aquí se ventila, en realidad, es un problema de orden moral. Hay en liza dos puntos de vista: el puramente economicista, según el cual el africano –como todo homo economicus que se precie– hace muy bien en largarse allí donde el mercado globalizado le ofrece mayores oportunidades. Y el punto de vista ético, según el cual el africano traiciona a su pueblo si no reinvierte en él sus conocimientos. Theroux no contempla este dilema entre propio interés y bien común. O tal vez sí lo ve, pero en ese caso lo somete a un doble rasero: por lo que a él respecta, no hay duda de que el ejercicio de la profesión debe responder al incentivo del propio interés (en caso contrario, no se explica uno cómo no ha permanecido en África ayudando a los necesitados, en lugar de convertirse en un afamado novelista agobiado por los faxes); ahora bien, en lo que se refiere a los africanos, Theroux sostiene que ellos sí han de sacrificar sus vidas (sus únicas vidas, tan personales e intransferibles –aunque no tan célebres– como la del escritor Theroux) en aras del bien común. Smith, por su parte, sí se plantea el dilema. De hecho, la necesidad que, según él, tiene el inmigrante africano de recurrir a la negrología para protegerse de su mala conciencia implica que, en efecto, tiene mala conciencia; es decir, que se encuentra moralmente desgarrado entre la llamada del bien común y la del propio interés.

¿Es posible encontrar alguna solución a este dilema? Como en las viejas novelas decimonónicas, dejo a mi improbable lector flotando en un mar de dudas hasta el próximo post.


miércoles, 11 de marzo de 2009

Afropesimistas. El ilusionado desilusionado: Paul Theroux (y IV)


La postura que en el post anterior califiqué de “roussoniana” deriva, creo, de ese intenso (y, al parecer, indeleble) sentimiento de culpa que muchos europeos experimentan por su pasado colonial. Este punto de vista sostiene que la actuación de las antiguas metrópolis en África fue básicamente destructiva, y que recayó sobre un continente (dibujado con tintes virginales) que fue violado una y otra vez por soldados, comerciantes y misioneros. Con esto se silencian los aspectos menos amables de un África precolonial que no vivió sumida siempre en una sosegada edad de oro; y, al tiempo, se cargan las tintas sobre las maldades cometidas por los europeos. No moveré un dedo para justificar ninguna de estas tropelías, perpetradas además en nombre de unos ideales que fueron constantemente traicionados. Tan sólo quiero señalar un hecho que a veces se nos olvida: el colonialismo no nació con la Conferencia de Berlín. Prácticamente todos los pueblos del mundo a lo largo de todas las épocas han sido sus víctimas o sus verdugos. Lo que sí resulta radicalmente nuevo es el sesgo universalista que durante siglos fue adquiriendo la ética europea (plasmada a finales del siglo XVIII en la Declaración de los Derechos del Hombre), y que década tras década fue minando –hasta hacerla caer– la cruda práctica del dominio colonial. Europa ha sido la primera civilización que se ha sentido culpable por ese dominio y que ha intentado ponerle freno. Es más, las armas ideológicas de las que se sirvieron los africanos en su lucha contra los europeos –tal vez algo remisos a la hora de accionar el susodicho freno– les fueron proporcionadas por los mismos europeos. L`Ouverture fue sólo el primero en resaltar la enorme distancia que separaba la igualdad proclamada en las declaraciones de derechos del trallazo de los látigos en los ingenios azucareros.

La otra postura, la que califiqué de “ilustrada” (las comillas son un homenaje a los Adorno & Horkheimer de Dialéctica del Iluminismo), supone –según algunos– una prolongación de la vieja cantinela colonialista (todavía “desenfrenada”) según la cual el africano es un bárbaro y un perezoso que necesita a toda costa ser “rescatado” de su pueril (y brutal) condición. Aquí el concepto dieciochesco de “progreso” juega un papel esencial. Los europeos –que en esta película aparecen como seres abnegados y llenos siempre de buenas intenciones– tratan por todos los medios de “elevar” a esos caníbales a la altura de la verdadera (y única) civilización. Aunque sea a costa de quebrarles el espinazo. El “desarrollo” es la última versión de lo que en un principio fue llamado sin ambages “civilización cristiana” y, algo más tarde, “progreso”.

En la primera película se enfrentan blancos malos contra negros buenos; en la segunda, los blancos son los buenos y los negros (que golpean amenazantes su tam-tam) son los malos. En ambos guiones Theroux se reserva para sí el papel de bueno. A veces es un blanco bueno que lucha contra esos otros blancos malos (¿confederados?) que, subidos a sus land-rovers, intentan aniquilar a los negros a base de regalos que corrompen sus almas y desvirtúan su verdadera naturaleza (que, como bien sabía Senghor, tiene color negro). Otras veces es un blanco bueno que se enfada con esos negros zafios y corruptos, sempiternos pedigüeños e incurables perezosos cuya alma (que no es negra, sino que tan sólo está ennegrecida por la ignorancia) hay que sacar como sea del “corazón de las tinieblas”. Pero, ¿cómo hacerlo, si estos salvajes dejan que los techos de sus escuelas se caigan a pedazos y, cuando ven la ocasión, salen disparados hacia Europa con el nefando deseo de ganar unos sueldos astronómicos e indecentes (al menos según estándares africanos)?

A lo largo del libro Theroux se desliza de una postura a la otra, incurriendo a cada paso en flagrantes contradicciones. ¿Acaso se lo podemos reprochar? Ya dijimos que las relaciones de un narrador con la verdad son complejas. El escritor está habituado a trabajar no sólo con el cerebro, sino con todo el cuerpo. A su mesa están invitadas las pasiones, al mismo tiempo que las buenas razones; pero unas y otras no dan lugar siempre a un conjunto armónico. Como libro de viajes me parece que El safari de la estrella negra es un libro interesante y, en muchas de sus páginas, francamente ameno; como ensayo, deja bastante que desear. Además, resulta difícil eludir la impresión de que en sus páginas Theroux trata de ajustar cuentas con su propio pasado. Se burla del idealismo de su juventud desde la realidad de un presente que para nada ha seguido el curso que le marcaban aquellos ideales. Muchas veces no sabemos si está enfadado con los africanos o consigo mismo. Si es África lo que le duele (por parafrasear a Unamuno) o son sus vísceras. Al final, en la penúltima página, creemos descubrir la clave. Al parecer en su viaje de vuelta comió en Addis Abeba algo que le sentó mal, lo que le hizo arrastrar una infección durante todo el tiempo que tardó en escribir el libro. Durante esos meses, dice, “he tenido el recuerdo permanente de los parásitos en mi interior a través de los movimientos y gorjeos gaseosos estomacales, como si tuviera África removiéndose dentro de mí”. ¡Ahora comenzamos a descubrir las razones de este afropesimista contumaz!

(No creo que todo autor de ficción tenga por qué incurrir en contradicciones cuando aborda el tema del colonialismo. Recomiendo al respecto el breve y jugoso ensayo de Orwell Shooting an Elephant –recogido en el volumen editado por Turner: Matar a un elefante y otros escritos–. El joven Orwell –policía imperial con destino en Birmania– odia el colonialismo. Su piedad hacia los nativos no le lleva, sin embargo, a buscar en ellos una “esencia” propia más o menos “coloured”. Los trata simplemente como a seres humanos. No ve en ellos ni “buenos salvajes” ni bestias precivilizadas. Quizás sea este el único modo de lidiar con esa clase de afropesimismo que se nutre a partes iguales de jirones de fantasmas y guiones baratos).

domingo, 8 de marzo de 2009

Afropesimistas. El ilusionado desilusionado: Paul Theroux (III)



Creo que en el libro de Theroux coexisten dos líneas argumentales contradictorias:

1.- La primera ya la hemos visto. La califico de “roussoniana” porque, de algún modo, parte del postulado de la inocencia intrínseca de los africanos y de la perniciosa influencia ejercida sobre ellos por la civilización occidental (instrumentada a través de la ayuda de los donantes y de sus ejecutores nativos: los gobiernos autócratas). Si pudiéramos despojar al africano de esa costra de “desarrollo” con la que hemos intentado recubrirlo, nos toparíamos de bruces con la figura adánica del “buen salvaje”, ni más ni menos. Fracasada su occidentalización, Theroux observa con regocijo cómo los africanos retornan al “mundo idílico” (una especie de precivilizada edad de oro) de la agricultura de subsistencia. Así, en la página 300: “Salvadles, decían los representantes de la virtud de esas personas; sin embargo, los agricultores se habían salvado por sí solos. La agricultura de subsistencia ya no me parecía algo triste… Resultaba obvio que los habitantes de la aldea contaban con las herramientas para sobrevivir y, quizá, prevalecer”. Shire abajo, Theroux se siente un Huckleberry Finn cualquiera en medio de lugareños felices y alejados de la influencia dañina de land-rovers blancos y gobiernos corruptos: “Estaba contento. Las aldeas de la ribera tenían mal aspecto pero eran autosuficientes. El gobierno no les ayudaba ni tampoco se inmiscuía”. A veces el turista Theroux se encuentra muy a gusto en medio de los fracasos del subdesarrollo: “Me daba igual. Me sentía comprensivo y paciente porque estaba donde quería estar. Todo aquello, la oscuridad, la carretera vacía, el mercado descontrolado, la basura podrida, el humo, los harapos y los hedores, en lugar de asustarme me tranquilizaba” (p. 312; habría que ver la evolución de ese ánimo comprensivo si tales harapos constituyeran su único horizonte vital). En la página 254 descubrimos que, frente a toda apariencia, si los africanos se regodean en su pobreza, es porque en realidad son felices así, mucho más de lo que somos nosotros: “La personas de fuera ven África como un continente retrasado: las economías en suspenso, las sociedades en el aire, la política y los derechos humanos en un compás de espera… Mientras transcurría el tiempo africano conjeturé que el ritmo de los países occidentales era de locos, que la velocidad de la tecnología moderna no lograba nada y que, como África seguía su propio camino, a su ritmo y por motivos propios, era un refugio y un lugar de reposo, el último lugar al que marcharse”.

2.- La otra visión, opuesta a la anterior, la calificaré de “ilustrada”. Según ella las desgracias de África se deben a que sus habitantes no se han dejado modelar lo suficiente por la civilización occidental. Desde que se fueron los colonos (y los bien intencionados miembros del “Cuerpo de Paz”, del que el propio Theroux formaba parte), todo ha ido de mal en peor, y eso debido a la incapacidad intrínseca de los africanos para subirse al tren del desarrollo. “Una de las revelaciones de mi viaje tuvo lugar cuando me percaté de que allá donde había habido cambios en el estilo de vida de la parte de África que yo conocía, el cambio había sido para peor” (p. 465). “En una época anterior, los años sesenta, por ejemplo, un período que yo podía corroborar, un viaje a Nakuru y Kericho y Kisumu… habría sido un paseo por el campo. Carreteras estrechas, casi sin tráfico, africanos en bicicletas, el ganado pastando en las laderas de las colinas… Una tierra verde y vacía bajo el vasto cielo. El monte escasamente poblado era ahora populoso y claramente feo” (p. 216). “En 1965 ya había pasado por allí y me había parecido muy similar. ¿Qué había cambiado? Ahora había un mercado improvisado, las mujeres se sentaban en cuclillas junto a la carretera. Había una gasolinera, pero estaba abandonada… Lo que habían sido cabañas de adobe ahora eran casuchas hechas con trozos de madera. Los jóvenes iban en harapos y eran insolentes. Los adultos no hacían nada y mataban el tiempo hablando en la calle” (p. 297). Theroux se siente desmoralizado por esa extraña (y molesta) obstinación que sienten los africanos por pedir siempre limosna: “Todo el mundo pedía; dondequiera que fuera desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, la gente –los niños sobre todo– extendía la mano: Siñor…”. Y es que estos nativos son unos perezosos a quienes no les gusta trabajar: prefieren que lo hagan los cooperantes: “En África no faltaban personas cualificadas para enseñar o curar, incluso en países tan pobres como Malawi. Pero lo que brillaba por su ausencia era la voluntad de poner en práctica estos conocimientos” (p. 330). Theroux se mofa del nombre que los mozambiqueños han dado a una plaza en Maputo: “Praça dos Trabalhadores”; nombre que, según él, no constituye “sino otra ironía africana, con hombres ociosos y haraganes por doquier” (p. 462). En realidad los africanos son unos salvajes (no unos “buenos salvajes”) y por más que Europa se haya esforzado en “elevarlos” al nivel de la verdadera civilización, nada se puede esperar de ellos. Al menos eso se desprende de las palabras que le dice un invitado en la fiesta de El Cairo: “El colonialismo no ha hecho más que ralentizar un proceso que era inevitable –me explicó, en un alarde de confianza–. Estos países son como el África de hace cientos de años. Era una forma disimulada y cruel de decir que los africanos estaban volviendo al salvajismo. Pero en cierto sentido lo que decía era cierto.” (p. 30).

En el siguiente post indagaré acerca del origen de estas posiciones contradictorias (en absoluto privativas de Theroux), y formularé una crítica perfectamente ad hominem según la cual la nostalgia que siente el autor hacia el África recién escapada de la colonización tiende a confundirse con la añoranza por su propia juventud perdida.

viernes, 6 de marzo de 2009

Afropesimistas. El ilusionado desilusionado: Paul Theroux (II)


La tesis básica con la que nos martillea el autor a lo largo de todo el libro es que la ayuda internacional, unida a la deletérea actuación de unos gobiernos corruptos, han hecho de África una realidad mucho peor que la que surgió al término de la descolonización.

1.- En cuanto a la crítica a la ayuda internacional al desarrollo no se halla Theroux, desde luego, solo. La “fatiga de la cooperación” –de la que se hace eco, por ejemplo, William Easterly en su En busca del crecimiento (libro que comentaremos aquí) y en su, todavía no traducido, White´s Man Burden– es un tópico bastante discutido en los últimos años. El argumento básico de los “fatigados” es que la ayuda crea dependencia y anula toda iniciativa por parte de sus receptores (en este caso, los africanos) para salir de la situación en la que se hallan (en este caso, el subdesarrollo). Es un argumento muy semejante al que neoliberales como George Gilder o Nathan Glazer utilizan para achacar a las políticas redistribuidoras del Estado del bienestar el mantenimiento de la pobreza (en frase memorable de Glazer: “Nuestros esfuerzos por enfrentarnos a la miseria acrecientan ellos mismos la miseria”). Theroux traspasa al ámbito internacional el esquema básico de esta filosofía. Dividiremos sus críticas en dos apartados:

a) “Efectos no deseados” de la ayuda internacional. Página 78: “Basta con nombrar un problema africano y seguro que hay alguna agencia u organización benéfica para abordarlo, pero eso no significa que se le encuentre solución. Las organizaciones benéficas y los programas de ayuda parecen convertir los problemas africanos en condiciones permanentes, más graves y complicadas”. Página 217: “Me planteé… por qué los africanos no participaban en su propia ayuda... Toda una bibliografía de libros respetables describe la inutilidad en el mejor de los casos y, en el peor, el daño grave que provocan las agencias de cooperación”. Página 205: “Los… representantes de la virtud que asistían a cenas tenían en mente prácticamente lo mismo que sus homólogos de la década de 1960… No se daban cuenta de que la gente llevaba cuarenta años diciendo lo mismo y que el resultado después de cuatro décadas era un nivel de vida inferior, un índice mayor de analfabetismo, superpoblación y muchas más enfermedades”. En la página 181 un director de escuela afirma: “Los agricultores kenianos están desmoralizados porque el gobierno no los apoya. Al gobierno no le importan los cultivos autóctonos… ¿Por qué iba a importarle? Reciben dinero del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, y de América, y de Alemania, y de todos los demás”. Página 325: “Comencé a vislumbrar la inutilidad de las organizaciones benéficas en África. Si bien se alimentaban las mejores intenciones, el peor aspecto es que no resultaban inspiradoras. Los extranjeros llevaban tanto tiempo ayudando, y estaban tan arraigados, que los africanos ya no mostraban interés alguno, si es que alguna vez lo habían mostrado, por realizar un trabajo similar”. Página 352: “Le bosquejé la teoría de que algunos gobiernos africanos dependían del subdesarrollo para subsistir… Necesitaban la pobreza para obtener la cooperación internacional, necesitaban ignorancia y a ciudadanos sin estudios y pasivos para permanecer en el poder durante décadas… Era un herejía decir algo así, pero esa era mi opinión”.
Todo el libro, en fin, está salpicado por referencias de este tipo. En las pp. 180-181 estas críticas adquieren resonancias de puro (y duro) darwinismo social. Al discutir con unas cooperantes que iban a cometer el terrible delito de supervisar una comida para niños, el indignado Theroux afirma: “Fiona y Rachel tenían buen corazón y se tomaban su misión en serio. Pero me fascinaba que a fin de alimentar a esos niños… tuvieran que enfrentarse a los padres, quienes querían (¿y quién podía culparles?) arrebatar la comida de la boca de sus hijos”. Por si hubiera quedado alguna duda: “Es decir, selección natural. Por eso los samburu eran tan duros. Los más fuertes sobrevivían, los niños débiles morían”.

b) Maldades de los cooperantes. Como escritor (y no como científico social), Theroux no se muerde la lengua a la hora de criticar a los propios cooperantes, a los que se refiere con una ironía algo gruesa como “representantes de la virtud”. Casi siempre aparecen, por cierto, subidos en distantes land-rovers blancos. Pondré sólo un par de ejemplos, para no extenderme mucho: “Justo entonces pasó un Land-Rover blanco. El vehículo lucía en la puerta un eslogan idealista, relacionado con el hambre en África; había dos faranyis en el interior.
– ¿Me podrías llevar al otro lado de la frontera?
– Esto no es un taxi –repuso el primer hombre; su acento era del sudoeste de Inglaterra.
– Estoy buscando un lugar donde alojarme al otro lado.
– No tenemos ningún hostal – dijo el otro; londinense.
Se marcharon y me dejaron junto a la carretera. Eso sería bastante representativo de mi experiencia con los cooperantes en el África rural: en general eran mojigatos zafios, torpes; les encantaba dramatizar su situación y, a menudo, eran unos completos capullos” (p. 168). Páginas 301-302: “Había muchos cooperantes, de expresión recelosa, que siempre iban en pareja, como los sectarios y los mormones, sin compartir nada. Parecían representar una nueva variedad de clero, pero eran personas muy circunspectas, evasivas y reservadas, como la mayoría de los asistentes sociales burocráticos y, en cierto modo, lo eran, o gruñían o se mantenían en silencio”. En la página 323 se describe, ¡al fin!, el interior de uno de esos famosos land-rovers blancos: “Los africanos solían conducir los vehículos mientras que los blancos iban de pasajeros en unos asientos que parecían ministeriales. Tenían reproductores de discos compactos que solían poner a todo volumen”. En general se trata de observaciones un tanto burdas. Los cooperantes son seres soberbios y asustadizos que viajan blindados en el interior de sus vehículos y quiebran la voluntad de los africanos con sus proyectos absurdos, mientras que Theroux va siempre a pecho descubierto por los caminos menos transitados, tratando de captar el alma auténtica de aquellos con quienes comparte pinchazos en las carreteras.

2.- Gobiernos y administración corruptos. Página 200 (en relación a Kenia): “Gran parte del dinero extranjero se entregaba al gobierno y la mayoría acababa en los bolsillos de los políticos, algunos de los cuales fueron asesinados. Es casi imposible exagerar la magnitud de la corrupción de los políticos africanos”. Página 236 (elecciones en Uganda): “Estas elecciones se celebran principalmente para impresionar a los países donantes, para demostrar que hacemos lo correcto. Pero fueron unas elecciones manipuladas y a los votantes no nos impresionan” (puesto en boca de un taxista). El desastre de la burocracia es otro leit-motiv: “”Todos los que hacían cola se topaban con los mismos obstáculos en la oficina de planta abierta con veinte empleados: apatía, luego grosería y, para acabar, hostilidad” (p. 285). Las corruptelas en los pasos fronterizos se suceden. Lo primera decisión que se le ocurre al segundo presidente de Malawi, el señor Muluzi, es la de “estampar su poco agraciado rostro en la moneda nacional, el perfil regordete en las monedas y la cara completa en los billetes" (página 310).

Etcétera.


domingo, 1 de marzo de 2009

Afropesimistas. El ilusionado desilusionado: Paul Theroux (I)



El safari de la estrella negra (editado en España por "Ediciones B") es un libro de viajes publicado originalmente por Paul Theroux en el año 2002. El libro narra las andanzas de su autor por el interior del continente africano, en un recorrido que –haciendo realidad los viejos sueños de Rhodes, aunque en sentido inverso– le conduce desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo. Las distintas etapas del viaje son: Egipto, Sudán, Etiopía, Kenia, Uganda, Tanzania, Malawi, Mozambique, Zimbabwe y Sudáfrica. Como en otros libros de viajes, se acumulan aquí descripciones paisajísticas, dibujos de personajes, intermezzos líricos, evocaciones históricas, así como reflexiones de varia lección, hilvanado todo con el relato moroso de las peripecias (a menudo triviales) que el autor protagoniza por el camino y en las que –y esta parece ser ya una marca de género– aparece casi siempre algún suceso violento que actúa como climax (en este caso un tiroteo).

Nos centraremos, por supuesto, en el análisis de aquellas reflexiones del autor que nos inducen a calificarle como “afropesimista”. Sin embargo, no debemos olvidar al valorar dichos pensamientos el contexto en el que estos aparecen (un libro de viajes) y la persona que los pone de manifiesto (un novelista). Que estamos ante la obra de un narrador (y no de un estudioso más o menos objetivo de la realidad africana) se muestra en todas y cada una de sus líneas, en las que el peso de la primera persona (con todas sus fobias y filias puestas francamente al descubierto) arrastra tras de sí casi todo lo que se escribe. Pero es que la estructura misma del libro muestra su carácter premeditadamente "artístico":

1.- Para empezar, y de un modo tal vez algo ingenuo (por demasiado explícito), ya las primeras páginas se presentan a sí mismas como una suerte de obertura operística. En efecto, en la fiesta a la que asiste el narrador en El Cairo se ponen en boca de los asistentes las líneas principales del libro (o libreto) que estamos leyendo. También la visita al Museo o el encuentro casual con personas de piel oscura actúan –dice el autor– como un “prólogo”, como una “introducción”, como “toques de gracia y pequeños puntos recurrentes” que aparecerían desarrollados luego con mayor intensidad, “a medida que avanzaba el viaje” (p. 32). Desde el comienzo, pues, nos paseamos no por un continente, sino por el interior de un libro escrito por el señor Theroux.

2.- Los motifs así esbozados en la obertura aparecen luego –ya plenamente desarrollados– en el resto de la obra, donde se repiten hasta la saciedad. Algunos ejemplos: los cooperantes con sus land-rovers blancos, el caos pavoroso de las ciudades, los “desastres de la guerra”, el acoso de los pedigüeños, el pésimo estado de las carreteras, la corrupción, los malos olores (a mierda, orina, cadáveres…). A veces parece hacer uso de esos epítetos homéricos que acompañaban a sus dueños como sombras; así, siempre que asoma por la carretera un cooperante es designado con bastante desdén como “un representante de la virtud”.

3.- El asco que siente Theroux ante gran parte de lo que ve se arremolina en un crescendo imparable (por seguir con las analogías musicales) hasta que nuestro autor llega a Malawi, país donde en plena juventud soñó con un África mejor y que encuentra ahora lleno de escombros y miseria. Después de este climax, sucede en buena lógica narrativa el anticlímax del descenso por piragua a través del río Shire.

4.- El carácter literario del libro se ve reforzado aún más por las constantes referencias a escritores (y esta parece ser también una marca de fábrica) que pasaron por allí. No sólo al inevitable Conrad (que, aunque no estuvo por esa zona, resulta siempre bien recibido en todo libro que verse sobre África), sino también a Flaubert, Rimbaud, Lear… Muchos libros de viaje africanos constituyen un repaso a la biblioteca personal de su autor. Para colmo, tanto el comienzo como el final del libro aparecen ocupados por sendos escritores con los que Theroux conversa: Mahfuz en Egipto, Gordimer en Sudáfrica (con el recuerdo de Naipaul en Kampala). Como si lo que hay entre medias fuera sólo un capítulo de historia de la literatura.


Amo la literatura. Creo que libros como, por ejemplo, Un día más con vida, de Kapuscinski, son –además de otras muchas cosas– verdaderas obras de arte. Pero en ellos la literatura brota de la misma realidad, como una especie de subproducto. En este libro Theroux intenta, sin embargo, embutir la realidad dentro de un armazón literario, forzándola a menudo para que quepa –mal que le pese– en su interior. De ahí que nuestro análisis de sus reflexiones “afropesimistas” deba proceder con cautela. Hemos de tener siempre presente que Theroux es un narrador, y que los narradores no escriben sólo con el intelecto. Escriben, por así decirlo, con todo el cuerpo (también, desde luego, con las vísceras). Tal vez por eso no sea apropiado valorar sus reflexiones con un exceso de rigor lógico, ya que no es la lógica lo que al autor le mueve. No obstante, afirmaciones como “Comencé a vislumbrar la inutilidad de las organizaciones benéficas en África” están escritas con una finalidad no sólo expresiva, sino claramente referencial, y merecen por tanto algún tipo de comentario.

En la próxima entrada expondré los puntos de vista de Theroux sobre algunos temas de “candente actualidad”; en la siguiente, rastrearé sus posibles inconsistencias e intentaré arrojar algo de luz sobre lo que, a veces, no parece sino una amalgama algo desordenada de nostálgicos ubi sunt, ácidas boutades o simples exabruptos. Con lo que, de modo imperceptible, esta reseña se deslizará poco a poco hacia el terreno más áspero de la crítica.